Lunes, 10 de Agosto de 2020

Otros Deportes »  Hacia una revolución de la educación y del trabajo

TERCER MILENIO
El tema propuesto para esta jorna­da es Educación, Trabajo y Tec­nología. Trataremos entonces de no focalizarnos específicamente en ninguna de estas tres problemáticas por separado, sino abordarlas desde una visión estratégica de conjunto que pueda servir como base para una propuesta de la acción.

En su encíclica social Centesimus Annus, publicada en 1991, hace ya casi treinta años, el Papa Juan Pablo II, desa­rrolló una visión premonitoria sobre la nueva problemática del mundo del traba­jo: “Si en otros tiempos el factor decisivo de la producción fue la tierra y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinarias y de bienes ins­trumentales, hoy día el factor decisivo es el hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de mani­fiesto mediante el saber científico y su capacidad de organización solidaria, así como la de influir y satisfacer las necesi­dades de los demás”. Consigna que “de hecho, hoy muchos hombres... no consi­guen entrar en la red del conocimientos y de intercomunicaciones que les permiti­rían ver apreciadas y utilizadas sus cuali­dades”. Por ese motivo, agrega que “el desarrollo económico se realiza, por así decirlo, por encima de su alcance”. Esos hombres son precisamente los que el Papa Francisco caracteriza como los “descartarles” del actual sistema económico. 
Aquel diagnóstico de 1991 es hoy más vigente que nunca. En las nuevas condi­ciones surgidas de la revolución tecnoló­gica y de la actual etapa del proceso de globalización del sistema productivo mun­dial, signada por la digitalización de la eco­nomía, resulta cada vez más evidente que la concentración económica, las crecien­tes desigualdades en la distribución del ingreso, la calidad del empleo, las posibilidades de incorporación al mundo del tra­bajo y hasta la línea divisoria entre la in­clusión y la exclusión social, están cada vez más determinadas por el acceso que tienen los países, las regiones, los grupos sociales y los individuos a los conocimien­tos necesarios para afrontar esos desafíos.
Estas enormes transformaciones no son socialmente neutras. Generan altos costos y fuertes exigencias de adaptación. Implican, por lo tanto, la existencia de ganadores y perdedores. Imponen, de esta manera, la absoluta necesidad de replan­tear en nuevos términos la cuestión so­cial como una prioridad absoluta para el pensamiento y la acción política.
En esta difícil fase histórica de transición, hay al menos dos ge­neraciones que se encuentran obligadas a aprender rápida­mente nuevos códigos para adecuarse a las nuevas reali­dades. Para esas generacio­nes, recobra validez la famo­sa definición de Margaret Mead: “Cuando creía haber aprendido todas las respues­tas, me cambiaron todas las pre­guntas”.
De allí que resulte indispensable diseñare implementar una estrategia que ayude a realizar esa vastísima empresa de reconver­sión individual y comunitaria, que contribu­ya a enfrentar estos desafíos, no sólo en lo que conllevan de asechanzas sino también de oportunidades. En el mundo de hoy está más claro que nunca que la educación no es una edad de la vida sino una dimensión per­manente de la existencia humana. 
La respuesta estratégica a este formida­ble desafío es la puesta en marcha de una verdadera Revolución de la Educación y del Trabajo, que promueva la rápida creación de las condiciones necesarias para la incor­poración activa del conjunto de la sociedad argentina, y no de una minoría privilegiada,a esta nueva era del conocimiento que emer­ge hoy aceleradamente a escala planetaria.
En la segunda mitad del siglo XIX, la extraordinaria visión educadora de Sarmien­to, posibilitó un formidable proceso de alfa­betización masiva que cambió a la Argenti­na y le permitió ocupar un lugar de privile­gio en el contexto de la época a nivel latino­americano y mundial.
En este siglo XXI, hace falta una visión de igual audacia y envergadura histórica para que los argentinos de todos los escalones sociales, de todas las regiones geográficas y de todas las edades puedan desarrollarse en las condiciones extremadamente competiti­vas de esta sociedad mundial.
 Este replanteo estratégico excede el aná­lisis de la ineludible transformación del sis­tema educativo formal. Irrumpe ahora con creciente intensidad la exigencia de promo­ver el desarrollo de un “cuarto nivel educa­tivo”, de características eminentemente no formales, para responder a estas nuevas necesidades. Porque, aquí y ahora, la Argen­tina se encuentra ante el hecho de que la mayoría de la población, que ya ha pasado la etapa de la educación formal, tiene una apremiante demanda educativa, de cuya sa­tisfacción depende la calidad de su inserción en el sistema productivo y en la sociedad.
En una economía en plena fase de digitalización, en un proceso acelerado vertigi­nosamente por la pandemia, la vinculación entre el mun­do de la educación y el mundo del trabajo, cruza­dos ambos por el vector tec­nológico, es una necesidad imperiosa en todas partes del mundo. Es el único ca­mino para reducir las desigual­dades sociales y garantizar una au­téntica igualdad de oportunidades para to-dos. 
En la Argentina de hoy, la tarea de im­pulsar un salto cualitativo en el campo de la calificación profesional de nuestra fuerza de trabajo, redefinida en estos términos como autoeducación permanente de la sociedad,adquiere una dimensión históricamente tan trascendente y revolucionaria como la que tuvo la legislación laboral que distinguió a la transformación social encarnada por el pe­ronismo entre 1945 y 1955.
El Estado tiene aquí un papel central,que puede sintetizarse en cuatro compromi­sos indelegables:
a) Concentrar su rol en la reorientación de esta nueva orientación del gasto social y educativo y de los múltiples programas pú­blicos de recapacitación laboral y profesio­nal. 
b) Promover las inversiones necesarias para garantizar el acceso de toda la pobla­ción a las nuevas tecnologías de la informa­ción. 
c) Avanzar decididamente por el camino de la descentralización, a través de la cre­ciente transferencia de responsabilidades y de recursos hacia las provincias y los muni­cipios.
d) Promover en esta tarea la coopera­ción y el esfuerzo comunitario, porque la acción del Estado no puede suplir en este terreno la iniciativa propia de la sociedad.
Para el desarrollo de esa tarea, es nece­sario avanzar simultáneamente en cuatro direcciones: 
1. Aprovechar principalmente de las ven­tajas comparativas de la Argentina a la horade enfrentar los problemas sociales: el pro­tagonismo de la sociedad civil, asumido a través del amplio tejido solidario que con­forma la actividad de las miles y miles de organizaciones sociales.
2. Asignar un papel decisivo en la tarea a las organizaciones sindicales. Por su expe­riencia histórica y su capacidad organizati­va, el sindicalismo argentino está en condi­ciones de convertirse en un actor funda­mental de este esfuerzo de autoeducación colectiva de la sociedad en beneficio del país entero,  de sus propios afiliados y de los desocupados y subempleados de cada rama de la actividad productiva.
3. Establecer en los futuros convenios colectivos de trabajo la asignación de fon­dos específicos y un sistema de incentivos adecuados para atender estos programas y para la capacitación permanente de los trabajadores, para el mejoramiento de los índices de productividad de la economía y la elevación de los niveles salariales. 
4. Promover la creación de una red interinstitucional de recolección de infor­mación sobre la incorporación de nuevas tecnologías a los sistemas productivos y de análisis y evaluación de sus posibles impactos en el empleo y en las modalida­des de trabajo, con la activa participación de organizaciones empresarias, académi­cas y tecnológicas.
Con la puesta en marcha de esta Re­volución de la Educación y del Trabajo,cuya implementación requiere una ade­cuada articulación con las instituciones educativas, todas las organizaciones so­ciales y, particularmente, los sindicatos,podrán recrear su representatividad so­cial, fortaleciendo su vínculo con sus aso­ciados -a partir de la satisfacción de una de sus necesidades más perentorias- y revalidando su imagen ante el conjunto de la sociedad. 
El principal desafío histórico para la Argentina que viene, reside en incorpo­rar a todo nuestro pueblo a la sociedad del conocimiento. Hacerlo no es una ta­rea reservada para tecnólogos ni para tec­nócratas. Requiere el concurso organiza­do de la sociedad. 
En ese sentido, tomando como base un documento elaborado en noviembre pasado por el Foro del Peronismo del Si­glo XXI, desde la Red NAP (Nueva Ac­ción Política) como nucleamiento trans­partidario pusimos en marcha una inicia­tiva en esa dirección, enderezada a pro­mover la articulación entre los distintos actores de la educación y de la sociedad civil. Propuesta a la que invitamos a to-dos a involucrarse y participar en la reso­lución de una cuestión que constituye la prioridad número uno de la agenda estra­tégica de la Argentina. 
Aporte de Pascual Albanese en la jornadas obre Educación, Trabajo y Tecnología, del ciclo Para que el día después seamos mejores.