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TERCER MILENIO

La Internacional Progresista (IP) y las democracias en disputa en América Latina

13 de Octubre de 2020


El evidente debilitamiento de Estados Unidos en su disputa hegemónica con el bloque China-Rusia en términos económicos, tecnológicos, geopolíticos y financieros, ha llevado a un endurecimiento de las políticas de los sectores norteamericanos más reaccionarios.
Actualmente la pandemia de covid-19 ha infectado a nivel mundial a unos 34 millones de personas, causando más de un millón de muertes y tiene su epicentro en América Latina. Esta crisis sanitaria sin precedentes, mostró en toda su crudeza y agudizó el fracaso de las políticas neoliberales y la globalización en Occidente, tanto en los países centrales como en los periféricos.
La confluencia de distintas crisis ha adquirido una magnitud sin precedentes, dado que aún no se han superado las consecuencias de la pandemia, mientras se profundiza la crisis económico-social y a ello se suman las amenazas del calentamiento global y la degradación de las democracias. Ante este escenario, donde está en riesgo la supervivencia de la especie humana en el planeta, la Internacional Progresista, integrada entre otros por referentes como Noam Chomsky, Naomi Klein, Yanis Varoufakis, Andrés Arauz, Gustavo Petro, Álvaro García Linera, Fernando Haddad, Rafael Correa, Celso Amorim, Renata Ávila, Ece Temelkuran, Paola Vega, Giorgio Jackson, Sre?ko Horvat, Gael García Bernal, John Cusack, Áurea Carolina, Alicia Castro y Elizabeth Gómez Alcorta, ha convocado una Cumbre Mundial bajo el lema “Internacionalismo o Extinción”.
La Internacional Progresista tiene como objetivo unir, organizar y movilizar fuerzas políticas, movimientos sociales, sindicales, ambientalistas, juveniles, universitarios y culturales para la construcción de un frente común a nivel mundial. Esta confluencia se propone contrarrestar el avance y la articulación de los sectores más duros del Partido Republicano de Estados Unidos, con las derechas y ultra-derechas europeas, que pretenden extender su influencia sobre América Latina, para profundizar el modelo neoliberal a partir de la consolidación de gobiernos autoritarios.
El evidente debilitamiento de Estados Unidos en su disputa hegemónica con el bloque China-Rusia en términos económicos, tecnológicos, geopolíticos y financieros, ha llevado a un endurecimiento de las políticas de los sectores norteamericanos más reaccionarios, tanto en lo referido a la dinámica interna de esa sociedad, como en sus estrategias hacia los países latinoamericanos. Entre otros aspectos, esto se manifiesta en los anuncios del presidente Trump en el sentido de no entregar el gobierno si pierde las próximas elecciones; en la represión a las crecientes protestas sociales; y en un escenario de radicalización de los enfrentamientos entre los supremacistas blancos y grupos de afroamericanos armados. Ante esta situación, si la sociedad norteamericana no es capaz de profundizar una real democracia y de continuar las orientaciones impuestas por la conducción de Trump, existiría el riesgo cierto de una futura guerra civil.
La designación como nueva integrante de la Corte Suprema de Justicia de la jueza Amy Coney Barret, para ocupar la vacante dejada por Ruth Bader Ginsburg, recientemente fallecida, ha logrado imponer una mayoría de las orientaciones de derecha en esa institución. Garantizaría de este modo un juicio favorable ante los intentos de permanencia de Trump en un nuevo período presidencial, si los resultados de la elección del próximo noviembre no alcanzaran un triunfo arrollador de la fórmula del Partido Demócrata. Al respecto, el primer debate presidencial evidenció la magnitud de la decadencia de la conducción política norteamericana.
Desde esta misma perspectiva, en el contexto de la disputa hegemónica, América Latina es considerada por Estados Unidos como su retaguardia estratégica. La pretensión de imponer políticas de subordinación de los gobiernos latinoamericanos, responde al objetivo de garantizar el control sobre el continente, revirtiendo la presencia de China y un eventual crecimiento de esta potencia en la región. En función de este objetivo, bajo distintas estrategias, intenta garantizar el triunfo de gobiernos de derecha dispuestos a subordinarse a la hegemonía norteamericana, bajo el lema de “defensa de la democracia y la libertad” en todos y cada uno de los países. Las elecciones a realizarse en Bolivia, Chile, Brasil, Venezuela, Ecuador, Argentina y Colombia definirán el rumbo político de la región en los próximos años. Especialmente en Bolivia y Ecuador, los respectivos triunfos de Luis Arce y Andrés Arauz pueden significar nuevos liderazgos del progresismo y la izquierda, dispuestos a revertir las políticas neoliberales y de subordinación a las estrategias de Estados Unidos y del Fondo Monetario Internacional.
Estas estrategias, cuyo principal artífice es el Secretario de Estado Mike Pompeo, contemplan distintas acciones, entre las cuales deben mencionarse la intervención de organismos internacionales en la política interna de nuestros países, como el papel de la OEA en el golpe de Estado en Bolivia, o la designación del representante de la derecha norteamericana Mauricio Claver-Carone como director del BID, rompiendo una tradición de sesenta años. A ello se suma el acoso permanente, el bloqueo y la amenaza de intervención militar a Venezuela. Al respecto, el voto de Argentina en la ONU acompañando la Resolución del Grupo de Lima contra ese país marca un giro dramático en la política exterior argentina y legitima como defensores de derechos humanos entre otros a Trump, Bolsonaro, Piñera y Añez, generando las condiciones para una eventual agresión armada.
Al mismo tiempo, en otros países de la región, Estados Unidos y sus aliados locales avanzan con intentos de proscripción y persecución judicial de líderes o candidatos presidenciales de fuerzas políticas consideradas opuestas a sus intereses. Con estos objetivos, despliegan metodologías de golpes blandos, consistentes en técnicas de acoso y desgaste a través de medios concentrados de comunicación en articulación con sectores de la justicia penal y electoral, que significan un alto riesgo para la dinámica democrática en América Latina.
ndidato por el Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP) Luis Arce encabeza las encuestas, mientras el Tribunal Superior Electoral ha prorrogado sistemáticamente las elecciones y existe el temor que la actual dictadura haya manipulado los padrones, además de detentar el control de las urnas y otros procedimientos electorales. En Ecuador, también el binomio Andrés Arauz y Carlos Rabascal tiene la mayor intención de voto y, como un hecho positivo, gracias a la movilización popular y la solidaridad internacional se han logrado anular las manipulaciones jurídicas que pretendían proscribir a su fuerza política.
En su Cumbre Inaugural Mundial, la Internacional Progresista decidió enviar observadores -ya confirmados por el Tribunal Supremo Electoral boliviano- a fin de garantizar la transparencia de los comicios y la expresión de la voluntad mayoritaria del pueblo en Bolivia. A su vez, ya han confirmado la presencia de más de 200 observadores de organismos internacionales, entre los que estarán la Unión Europea, la ONU, la Copppal, el Centro Carter, la Unión Interamericana de Organismos Electorales, el Parlasur, la Asociación de Organismos Electorales de América del Sur y la OEA.
En esta nueva etapa, Estados Unidos intenta reproducir una actualización de la Doctrina Monroe de 1823, que proclamaba “América para los americanos”, con la decisión de consolidar su predominio sobre el conjunto de los países latinoamericanos. Cabe recordar la respuesta de Simón Bolívar en 1825 ante esa pretensión: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
El desafío de la Internacional Progresista convocando a la organización de movimientos políticos y sociales en la región, promoviendo la unidad latinoamericana y la participación popular, pretende impedir ese designio. Tenemos por delante el gran desafío de retomar el sueño de la Patria Grande en el marco de un internacionalismo progresista, solidario, democrático y participativo.
Juan Pablo Olssonv



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