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TERCER MILENIO

No solo el mercado está a la espera de lineamientos económicos y señales

14 de Octubre de 2020


Luego de una dramática negociación con los principales actores del mundo financiero, la Argentina logró un acuerdo (a su manera) de reestructuración de la deuda soberana para cerrar el noveno capítulo de default de su historia. Sólo para ponerlo en contexto, en los últimos 40 años, nuestro país ha incurrido cuatro veces en un incumplimiento de deuda externa (se podría considerar un quinto evento si incluyéramos el default de la deuda local de 1989). No es lo normal para un país, y menos para uno que posee déficits que atraviesan transversalmente todo su sistema institucional y que aspira al desarrollo económico.

Frente a la adversidad del currículum argentino, el ministro Martín Guzmán presentó a los acreedores el “problema argentino” como uno de liquidez y no de solvencia. De esta manera, la Argentina modificó de manera escalonada los pagos de intereses (siendo, en términos relativos, muy poco atractivo para los acreedores), para así, a su vez, contar con un período de gracia prudente para las amortizaciones (concepto que no estaría en línea a los intereses fiscales).
Sin embargo, desde el acuerdo y emisión de los nuevos títulos, las paridades de los bonos soberanos se han desplomado en un rango de 20,5% a 24,2% dependiendo la duración del instrumento, siendo la peor performance luego de una reestructuración, y lejos del exit yield del 10% utilizado por Argentina en sus negociaciones de deuda. Pero… ¿Qué salió mal?
La explicación es bastante sencilla: recapitulando el segundo párrafo, Guzmán tomó la postura de que Argentina se percibía ante un evento de liquidez, y frente a esta situación, la literatura más adecuada para situaciones en las que el problema del deudor es de liquidez más que de solvencia, es el corte de los pagos de intereses y la extensión de la deuda. Como resultado, si bien generó una reducción significativa en el valor presente de los títulos públicos, el dato relevante (y que pasó inadvertido) es que la reestructuración no modificó de manera significativa el stock de la deuda.
Como se mencionó en el primer párrafo, el problema de agente se vuelve relevante cuando el principal problema de la dinámica de deuda no se ha resuelto en su integralidad, y los incentivos para adoptar políticas publicas para asegurar una ruta de consolidación fiscal no son los suficientemente fuertes.
En un contexto, en donde el coronavirus ha amplificado con creces la debilidad fiscal de la nación, y la insuficiente profundidad del mercado local, Argentina depende del crecimiento genuino para hacer frente a las obligaciones con los acreedores.
No obstante, las últimas regulaciones/normas emitidas tanto por la entidad monetaria como por el Ministerio de Hacienda desafían la lógica de fomentar sobre el crecimiento económico. Así mismo, la Argentina se encuentra envuelta bajo dos presiones adicionales:
1- la financiación monetaria excesiva del déficit fiscal, que trajo como consecuencia una crisis cambiaria en medio de un control de cambios mucho más estricto que su anterior versión 2012-2015; y a su vez,
2- la imperiosamente situación de resolver la deuda tanto con el IMF como con el Club de París.
En una Argentina sin plan macroeconómico en absoluto y sin confianza en el gobierno, el encuentro con el FMI no dista en gran medida con la situación “clásica” de una Argentina históricamente desordenada con necesidades de liquidez radicadas en su lamentable impericia.
En la actualidad, no solo el mercado, sino la sociedad en su conjunto, están a la espera de lineamientos económicos y señales que muestren un camino al crecimiento económico. Determinar una cuarentena eterna en un país sin acceso al financiamiento en el mercado no es gratis.
El pecado original fue concebido en marzo cuando comenzó a gestarse la “bomba” monetaria que empieza a pasar factura ahora y perfeccionado cada semana que se estiraba el confinamiento. El caos cambiario que vivimos ahora (que no es otra cosa que la consecuencia inevitable de la crisis fiscal y monetaria gestada desde comienzos de años), la brutal caída del nivel de actividad y la consecuente caída de empleo están tensionando al límite a la sociedad argentina.
Las perspectivas han hecho un downgrade: ya no se busca la prosperidad y el desarrollo de otras épocas, sino solamente la garantía de una estabilidad mínima que permita estimar horizontes simples en la economía real. En un contexto desafiante, la negociación con el FMI podría ser la piedra angular para lograr las reformas estructurales que Argentina viene arrastrando hace ya un largo tiempo.
Joaquín Bagües



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