TERCER MILENIO
Derrota categórica, de una magnitud impensada
Martes, 20 de Agosto de 2019
Ni en las peores pesadillas el gobierno pudo imaginar el resultado con el que se encontró al ser abiertas las urnas. Esta elección no vinculante resultó lapidaria: es impensable que el oficialismo pueda revertir el resultado.
Irremontable. El peor de los mundos para el gobierno terminó de plasmarse pasadas las 21.30 del domingo, cuando todavía no habían logrado llevar a las pantallas ni una sola cifra de la elección concluida hacía más de cinco horas. 
Para ese momento llevaban contada la mitad de los votos a nivel nacional y el resultado ya era contundente: una diferencia de por lo menos 12 puntos de ventaja que ni el más eufórico kirchnerista se había animado a vaticinar. Mucho menos los encuestadores, que en los últimos sondeos terminaron revelando, en el caso de las consultoras más confiables, resultados ajustados.
Resultaba difícil de creer semejante diferencia, que se hizo tangible cuando el gobernador mendocino, Alfredo Cornejo, confirmó un dato impensado: la derrota de Mauricio Macri a manos de Alberto Fernández en esa provincia por más de dos puntos. Ergo, si en uno de los lugares donde no solo debía ganar Juntos por el Cambio, sino también hacer una buena diferencia, perdía, ya la derrota contundente era inexorable.
El “contundente” es el agregado clave, pues siempre se supo que el Frente de Todos iba a imponerse en estas PASO. La estrategia del gobierno era un recorrido con tres estaciones, en las que podía darse el lujo de perder en las dos primeras escalas. 
De hecho, siempre presupuso que así sería, dadas las circunstancias. Es que a pesar de los anuncios destinados a retemplar a la tropa propia y alentar a los mercados, una victoria en primera vuelta nunca estuvo en los planes más serios.
La realidad era esa. El objetivo realista siempre fue ganar el balotaje. Con eso soñaba Mauricio Macri cuando imaginaba que todo concluiría en un mano a mano con Cristina Fernández de Kirchner, a quien siempre los estrategas electorales quisieron mantener no solo en libertad, sino también “competitiva”. Les terminó saliendo mal.
La primavera que vivieron las acciones argentinas en el mundo el viernes pasado fue una suerte de espejismo, que tal vez hoy se transforme en infierno. Si no llega a ese extremo, la pesadilla es cuanto menos inexorable.
Es una incógnita cual fue el elemento que despertó el viernes tamaña expectativa positiva en Wall Street. Se habló de una encuesta que preanunciaba una victoria segura de Mauricio Macri, sino en octubre, al menos en el balotaje. 
Lo cierto es que en el Frente de Todos preanunciaban otra cosa, y los más optimistas aventuraban una victoria de hasta 7 puntos. En la Rosada reinaba la tranquilidad, o al menos así trataron de hacerlo trascender.
Cuando el domingo aparecieron los primeros boca de urna anticipando lo contrario, se especuló con una maniobra del kirchnerismo destinada a generar la sensación de victoria, que en caso contrario podría dar cabida a los fantasmas que a lo largo de los últimos días se habían ocupado de hacer crecer al hablar de un posible fraude.
De hecho, los funcionarios aclararon que ellos tenían otros números, aunque nunca los brindaron. Las fuentes más confiables consultadas negaron siempre tener datos. Lo cual, en estas circunstancias, suele indicar lo contrario: que hay datos y son negativos.
Pero nadie podía pensar en semejante paliza, aunque a la luz de los hechos es el factor que justifica semejante silencio.
Los roles se invirtieron entre (ex) Cambiemos y el kirchnerismo. Otrora fuerza innovadora en materia de marketing electoral, esta elección se le hizo demasiado cuesta arriba. 
El Frente de Todos copió muchos de los elementos que solía utilizar el oficialismo, manteniendo además una serie de modismos a los que sigue siendo afecto el peronismo, como el culto de la imagen callejera. 
Ese fue un recurso que Juntos por el Cambio dejó de lado, por considerarlo antiguo y muy caro. Privilegió, como siempre, las redes sociales, cosa que el kirchnerismo tampoco desatendió.
Pero otro elemento que le “robó” la oposición al oficialismo esta vez fue la “presencia” a lo largo de la jornada. Mantuvieron activo el bunker del Frente de Todos con la aparición de dos dirigentes de ese sector cada media hora, para informar sobre la elección. Esa era una modalidad de Cambiemos, que usó por ejemplo en las tres elecciones de 2015 que concluyeron con Mauricio Macri presidente. 
El Frente de Todos lo hizo el domingo hasta que la impaciencia los ganó y dejando los buenos modos de lado advirtieron al gobierno que no tolerarían que siguieran “escondiendo” los datos y que si en quince minutos no modificaban esa actitud ellos revelarían los números que manejaban.
Al cabo, fue el propio Macri el que decidió convertirse en la cara de la derrota. El presidente salió a escena seguido de los principales dirigentes del oficialismo y confirmó lo que ya todos descontaban. 
“Hemos hecho una mala elección”, anunció sensiblemente golpeado, en un discurso en el que se hizo cargo del fuerte traspié, pero la embarró cuando mandó a los ciudadanos “a dormir”, cuando todavía no se había anunciado ni un solo dato oficial. Más tarde, el candidato ganador ironizó con esa frase.
No fue la única ironía que utilizó Fernández en su discurso. También deslizó un deseo: “Cambiemos, en el mejor sentido”, dijo, y luego expresó su convicción de que en este turno electoral “nosotros éramos el cambio”. Y por cierto, fue lo que interpretó la ciudadanía, según quedó expuesto con el resultado de la elección.
El voto oculto, que no lograron detectar los encuestadores, sepultó la presunción de que la gente podía haber llegado a ampliar su margen de tolerancia.
Lo cierto es que en la previa el gobierno no tenía margen para resignar votos. Donde era realmente competitivo, debía hacer buena diferencia. Tenía que perder por poco en provincia de Buenos Aires, y hacer una gran diferencia en Córdoba, y los restantes distritos propios: Ciudad de Buenos Aires, Mendoza, Jujuy y Corrientes.
Sin embargo perdió en Jujuy, también en Corrientes; en Mendoza, donde en 2015 había ganado por 9 puntos, perdió también... Y en CABA la diferencia a favor fue de solo 11 puntos. Solo en Córdoba se confirmaron las presunciones, pues Juntos por el Cambio arañó los 20 puntos de ventaja.
Ahora se encuentra el gobierno con la difícil premisa de mantener la gobernabilidad en lo que resta su mandato. Porque está claro que reelegir ya es una entelequia. A lo sumo, tendrá que buscar revertir al menos resultados en algunos municipios propios donde perder era impensable. Tal vez los meses que restan hasta octubre le alcancen para eso, aunque es una empresa sumamente difícil.
También deberá tener en cuenta la cosecha legislativa que pueda hacer en octubre, en la elección que realmente servirá para delinear el futuro Congreso, donde el hoy oficialismo volverá seguramente al llano. 
Se verá si las fuerzas que lo componen deciden mantener la unidad, o bien cada una sigue su camino, para beneplácito del peronismo que logrará así fortalecerse, pese a no tener mayoría en las cámaras.
Pero el objetivo principal del gobierno, en este momento de derrota, pasará por un objetivo más simple y decisivo: conservar la gobernabilidad en lo que resta hasta diciembre. 
José Ángel Di Mauro
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