TERCER MILENIO
Qué hará en la transición el mundo que se pronunció y perdió con Macri
Martes, 20 de Agosto de 2019
Hacía tiempo que no se veía semejante injerencia externa en una campaña, como si las cancillerías hubiesen olvidado de pronto las más elementales reglas de la diplomacia, que indican que una administración no debe inmiscuirse en asuntos de política interior de otro país.
Algunos parecen no haber aprendido nada de los errores de sus antecesores. Pero lo mismo le pasa a Mauricio Macri, que sobrevaloró la opinión de esa entelequia que son “los mercados”, del FMI y de algunos de sus homólogos de las naciones más poderosas del mundo, desconociendo que los países no tienen amigos ni enemigos permanentes sino intereses. En consecuencia, cuando se deshacen en elogios hacia otro gobierno es esto último lo que están defendiendo.
Es por eso que, con frecuencia, tales apoyos tienen, como en este caso, el resultado contrario al buscado: aunque no lo racionalice ni lo manifieste expresamente, la gente percibe lo que los gobernantes no ven.
Por otra parte, ese apoyo tantas veces declamado desde afuera, y amplificado por los voceros y explicadores del oficialismo, no se tradujo en beneficios concretos para los argentinos en el corto plazo pero tampoco para la nación a mediano o largo plazo. Al contrario, dejaron la pesada herencia de una deuda que el próximo gobierno deberá enfrentar.
“Creo que todos los inversores nacionales e internacionales deberían (…) acompañar con su confianza el espíritu de seriedad que usted (Macri) ha marcado, con esa voluntad de abrir la economía que servirá para toda la población y que Francia acompaña”, le decía el presidente francés Emmanuel Macron a su par argentino a fines del año pasado durante la Cumbre del G20 en Buenos Aires, en un discurso en el que manifestó su efusivo respaldo a la “agenda de reformas” de Macri. Según el, era “esencial, no sólo para Argentina sino para toda la región, seguir por esta vía”.
Meses antes, Macri había sido también objeto de lisonja internacional por su decisión de apelar al Fondo Monetario Internacional para financiar el déficit argentino –la lluvia de inversiones no llegaba– que, por otra parte, le devolvía a un organismo desprestigiado en todo el mundo una oportunidad de oro para recuperar cartel.
Christine Lagarde, su directora de entonces, no se cansó de retribuir estos gestos con halagos y abriendo las canillas para una corriente de dólares que fueron a parar al agujero sin fin de la inestabilidad argentina.
Hacía su aparición también Donald Trump –y con el toda su administración– para respaldar las políticas de Macri. Fue un desfile interminable de figuras de primer orden del gobierno estadounidense. Y poco faltó para que Trump viniera timbrear para conseguirle votos a Macri. 
“Creo que el mundo exterior todavía no se dio cuenta del buen trabajo que ha hecho el presidente (Macri), cumpliendo los objetivos del FMI”, concedía sin embargo el secretario de Comercio de los Estados Unidos, Wilbur Ross, en visita exprés a Buenos Aires, como admitiendo que hasta ahora el apoyo del mundo que tanto pregona Cambiemos no se tradujo en respaldos contantes.
Aun así, pasó el mensaje que vino a dar, que para Estados Unidos era mejor que ganase Macri: “Mientras continúen las políticas del presidente, creo que los inversores van a ganar confianza”, en alusión a una eventual reforma previsional y la flexibilización laboral. 
Ross fue el último en venir, el 3 de agosto pasado, casi en vísperas de las PASO, en auxilio de Mauricio Macri, pero antes desfilaron otros, incluido el secretario de Estado, Mike Pompeo, sin olvidar los elogios del propio Donald Trump. 
Al coro, se sumó el presidente brasileño, Jair Bolsonaro: “Yo no quiero que Argentina siga la línea de Venezuela. Por eso aliento la reelección de Macri”, fue el mensaje que, a pesar de la contundencia de los números de las PASO, el lunes reiteró: “No queremos ver argentinos huyendo para acá”.
Llamativamente, también Fernando Henrique Cardoso incurrió en esta injerencia: “Espero que no haya una vuelta al populismo en la Argentina”.
En el caso de Washington puede comprenderse el gesto, en el marco de la pulseada que ese país mantiene con China por la hegemonía mundial y sus coletazos en la región. Pero lo de Brasil resulta injustificable, porque nuestra sociedad en el Mercosur ha sido una política de Estado. 
 
“El mundo también se expresó”
 
En su primera aparición pos PASO, la gobernadora María Eugenia Vidal persistió en el principal error cometido por el oficialismo: “El mundo también se expresó”, fue su comentario –y velada amenaza– en referencia a la suba del dólar. 
Un error que no es sólo de campaña sino de estrategia de gobierno.
Ni hablar de la conferencia de prensa en la cual el Presidente se mostró impermeable a la realidad: la gente con su voto arruinó su buena gestión de estos años. Y Miguel Ángel Pichetto lo secundó en esa convicción, al pedir “que la gente analice las consecuencias de su voto”.
Pero esencialmente dibujó un escenario donde los argentinos son culpables de su fracaso porque no ven lo que ve “el mundo”: que el está haciendo las cosas bien y que gracias a eso vienen inversiones al país. Cuando lo que más vimos en estos tiempos fue especulación financiera y fuga de capitales. 
Es difícil compaginar el discurso de Macri con la realidad de un país en el que todos los días se cierran fuentes de trabajo. Si Alberto Fernández fue votado masivamente no es sólo por la enorme franja irreductible de pobreza que padecemos desde hace años, son también los sectores medios que en estos años han perdido empleo, están quebrados por créditos para vivienda impagables y por impuestos distorsivos, y pagan altísimas tarifas por los servicios. 
Macri cree haber hecho una buena lectura de lo que pasa en el mundo. Se equivoca. Le arrancaron todo tipo de concesiones a cambio de buenas palabras y nada más. Eso lo llevó a sobrevalorar la importancia de esos respaldos intangibles. 
Pero también “el mundo” se equivocó en sobrevalorar sus propias opiniones. Hicieron gala de desconocimiento de la Argentina y de su historia. Cayeron en el error de creer que la opinión de un mandatario extranjero puede pesar más que cuatro años de insensibilidad social de un gobierno que no se preocupó por fomentar la creación de empleo ni estimular el desarrollo de la economía.
El otro error que comete ese “mundo” es apostar a vínculos entre administraciones, que son pasajeras, cuando lo permanente es el Estado argentino. Mauricio Macri se va a ir. Pero la Argentina queda. Esperemos entonces que la dirigencia de los países con los cuales tenemos más vínculos por historia y geografía, así como los titulares de los organismos internacionales, comprendan esta verdad tan elemental. Se trata de la Argentina, no de un gobierno; aspiramos en consecuencia a que contribuyan a la transición de modo responsable, aunque el propio Mauricio Macri no lo haga, a fin de comprometer lo menos posible el porvenir socioeconómico del país. 
El Fondo Monetario pone interés en ello o cosechará otro fracaso más en sus planes de asistencia a países en problemas. De modo que a los funcionarios de ese organismo les conviene establecer desde ya un canal de diálogo y negociación con Alberto Fernández.
Del mismo modo, es de esperar que los gobiernos de países con inversiones en el nuestro, que también dependen del desarrollo de la economía argentina y de su previsibilidad y estabilidad –algo que el gobierno de Mauricio Macri no ha garantizado– respalden la transición argentina con el grado de responsabilidad que las circunstancias exigen.
Ricardo Romano
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