TERCER MILENIO
Los que protegen la vida de los seres humanos
Sábado, 07 de Diciembre de 2019
Era muy chico aun cuando supe de la existencia de los médicos, que este 3 de diciembre celebran su día, cuando mi madre me llevó al consultorio del doctor Karanowich, sobre la 25 de Mayo, entre Padre Patiño y Deán Funes, junto a la que fuese casa de los hermanos Fernández Bedoya.
Antes, en Comandante Fontana –donde crecí hasta los 5 años y donde nació Pedro Canesín, mi amigo médico– ya había oído hablar del doctor Montag y también de Romano, este último de Gendarmería Nacional.
Siempre supe que, al momento de algún dolor, nos llevaban al médico y ya entrado en razón se hizo carne esa mezcla de respeto, admiración y necesidad del doctor de la familia.
Cuando comenzamos a hablar con mis padres acerca de la natalidad, supe que vine al mundo en el Sanatorio Pasteur, junto a la jefatura de Policía, ayudado por quien luego sería el primer gobernador constitucional, doctor Luis Gutnisky.
Ya crecido, fui cuidado en mi salud por Pablo Caulier, un ser humano excepcional quien antes de consagrarse como cirujano fue pediatra.
Ya mayor, fue Carlitos Candia quien atendía los pesares familiares lo mismo que el doctor Arístides Paulina y Luis M. Codda que vivían sobre la Yrigoyen, entre Mitre y Padre Patiño.
Hasta que, en cierta ocasión, frente a un grave cuadro de mi padre, “Espinaca” Espíndola me sugirió que lo viese a un médico joven que había hecho su residencia en el Hospital Español y comenzaba a destacarse. Se trataba de Pedrito Canesín, a quien conocí cuando tenía cinco años y el cuatro, cuando sus padres compraban en el almacén de mi padre y tíos en Padre Patiño 956.
Lo reencontré en las viejas instalaciones de la Sociedad Rural, sobre la avenida Gutnisky, cargando un camión con ganado propiedad de su padre.
No dudó un instante y tras el diagnóstico el mismo se encargó de preparar los remedios en la botica de “Palillo” Romero, aliviando el agudo cuadro de don José María “Pataito” Urbieta.
Pero la delicada salud de papá me llevó también a ser reconocido con Patricio Kelly y, sobre todo, con Carlitos Candia, hoy profesor-doctor, quien intervino para que operasen a mi padre en el Hospital de Gastroenterología “Doctor Carlos Bonorino Udaondo” donde lo operó el cordial León Francisco Kessner, ya fallecido.
Años después, Carlitos redactó la carta que permitió que en el Hospital Italiano, doctor Mario Camera me aliviara de los efectos del súper estrés causado por el trajín como corresponsal del diario La Nación por la inundación de 1983, la mayor de la historia de Formosa.
 
Médico de cabecera
 
Y en todos estos años, Canesín se convirtió en una suerte de paño de lágrimas para mi familia y las de tantos conocidos y amigos ya que siempre fue consecuente con su afecto y solidaridad, no dilatando un segundo para acudir al llamado frente a las emergencias.
Gracias a el también fue posible recurrir a un cirujano sencillo y mayúsculo como Rubén Rodríguez o Gustavo Fernández Patri y José “Negro” Escobar a quienes se suman seres entrañables como Reynaldo Joaquín Toledo y Andino Aveiro quien fue el encargado de “traer a este mundo” a mis cuatro hijos con el complemento del excepcional pediatra que fuese Juan A. Arauz.
No es fácil ser amigo de los médicos. Pero no solamente hay que ser pacientes sino también amigos de todos ellos.
A veces es un arma de doble filo porque por ser amigos no se les da demasiada importancia a las advertencias, sobre todo en el caso de las comidas abundantes, como me ocurrió con José Luis Décima.
 
Ser reconocido
 
Sin embargo, el reconocimiento de la amistad exige una mayor cuota de respeto aún que la de la relación médico-paciente.
De allí que en esta jornada me haya atrevido a recordarlos porque seguramente hay otros como que también guardan gratitud para sus médicos y nunca se lo hicieron saber.
Y seguramente que se sentirán gratificados cuando lo hagan ya que agrada al espíritu saber que se ha sido útil, que se ha sido eficiente, que se ha cumplido con un juramento a cabalidad.
En los pueblos del interior, los médicos son verdaderos dioses.
La gente humilde que no tiene dinero, los recompensa con algún ave de corral, un chivito o verduras y hortalizas de la casa.
Es cierto que no todos están iluminados como para sensibilizarse ante cada caso que enfrentan.
Pero la mayoría, por lo menos en Formosa, sabe que se los necesita y al igual que en el caso de los curas nunca terminan de responderte si ellos también le temen a la muerte o no.
 
Profesión noble
 
Una profesión noble que ha dejado tantos apellidos ilustres entre los que están Maradona, Kaller, Malamoud, González Lelong, González Vera, Aquino, Valiente, Díaz Roig, Cosentino, Pedro González, Ruffino, Rosita González, Jorge Orlando Coronel y tantos otros que han quedado grabados en el alma de los formoseños.
Otros que están activos como Laprovitta, Romano, Ferreira, Samaniego, los hermanos Gómez, Barbieri, Urday, Millan, Benítez Femenía, Mendoza, Zanín, Princich, Tomás, Labarthe, Occello, Paredes –hijos de Medardo– Lito y Víctor Cambra y tantos otros excelentes profesionales que seguramente no perdonarán que haya omitido mencionarlos porque la memoria falla con el paso del tiempo.
El reconocimiento también se refleja a través de la decisión de los representantes del pueblo que han decidido eternizarlos imponiendo sus nombres a calles, avenidas y paseos públicos en esta ciudad y el interior.
Es cierto que se trata de un profesional, un trabajador como la mayoría.
Pero la diferencia radica en que estos seres humanos tienen en sus manos y en su formación mental la vida de las personas de carne y hueso cuyo destino depende de cómo sepa utilizar esos valores.
Los tiempos actuales muestran la alta evolución en materia de infraestructura edilicia, así como de los diferentes aspectos de la ciencia y también de la tecnología que son aportes valiosos para que los médicos cumplan con mayor éxito el sentido y la esencia de su misión social.
Justo L. Urbieta
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