TERCER MILENIO

El fracaso de la lideresa


En un inspirador documental sobre la vida de uno de los grandes genios del cine –Woody Allen– se revela involuntariamente la esencia del peronismo post mortem. Me refiero a ese peronismo que nació tras la muerte del general Perón: un movimiento camaleónico que se las ingenió para administrar durante décadas la decadencia de este empobrecido país del fin del mundo, y que parió por el camino a una casta de caciques y magnates, la nueva oligarquía nacional. Recordarán que Leonard Zelig deslumbraba a los científicos en el hospital de Manhattan: aproximándose a cualquier persona lograba mimetizarse con ella; adoptaba el color de los hombres de color, los rasgos orientales junto a los chinos, la barba jasídica frente a los judíos ortodoxos, la gordura extrema ante los obesos. “Sentí que al final –cuenta hoy Woody Allen– esta capacidad lo llevaría al fascismo, porque terminaría diciendo lo que la multitud quería oír y por eso renunciaría a su propia convicción y personalidad”. La escena es graciosa pero tétrica: Zelig acaba sentado en el palco de honor de los nazis escuchando la prédica del Führer.
El peronismo troncal, lejos de cualquier ideología perenne, ha practicado únicamente esa doctrina del camaleón, y su metodología siempre consistió en parecerse al líder de la hora. A condición de que ese líder, claro está, fuera capaz de gobernar con éxito y no poner en riesgo sus poltronas. El peronismo bonaerense, responsable de una gestión ininterrumpida de 28 temporadas y de la consecuente africanización del conurbano, observa hoy un raro fenómeno: la lideresa no lidera, no conoce el territorio y comete gruesos errores; entronizó a un delegado provincial que no entiende nada y tiene la secreta idea de reemplazar a los barones para colocar en su lugar a los codiciosos advenedizos de La Cámpora. Estas falencias catastróficas y estas conjuras municipales se producen sobre un escenario inequívoco: marchamos hacia un 2001 de características diferentes pero igualmente devastadoras, hay olor a descomposición en todo el bastión de la arquitecta egipcia, y ella ha demostrado una alarmante negligencia para gerenciar desde sus helechos de la Recoleta un polvorín social y económico, y un conglomerado de enemigos íntimos, desquiciados ideológicos, menesterosos al margen de la ley, y sobre todo entusiastas incompetentes, conjunto al que el historiador Jorge Ossona denomina con cariño Desunidos y Desorganizados.
Por increíble que parezca, la Pasionaria del Calafate había logrado convencer a propios y extraños de que su astucia electoral –armados mentirosos para engañar a votantes moderados y luego traicionarlos– debía asimilarse con su presunta eficacia gestionaria. Este curioso mito –sus presidencias fueron una antología de la buena gobernanza– resultaba una autosugestión y un monumental camelo, que el peronismo pasó por alto con tal de manotear los tronos y que hasta algunos sectores del no peronismo llegaron a convalidar en su habitual silencio de los corderos. La verdad fría es que la doctora fue un desastre; su ministro de Economía, un incapaz con ínfulas, y los Kirchner arrasaron como marabunta con Santa Cruz, destruyeron el progreso del país normal y lo reemplazaron por un feudo regresista y paupérrimo, y ahora se disponen a aplicar esa infalible fórmula en la provincia de Buenos Aires. Ocupada como estaba en colonizar la Justicia y conseguir la autoamnistía, Cristina no vio venir el tifón del conurbano, y sus muchachos –niños bien del Nacional Buenos Aires y de Río Gallegos– no le advirtieron lo que sucedía. Ni siquiera lo hizo el patovica parlanchín que estaba a cargo de la calle y al que se le escapó notoriamente la tortuga. Es tan temida la doctora que se le adjudican incluso conspiraciones ubicadas muy por encima de su inteligencia. Ella derrama la leche y luego sobre esa desgracia se dedica a rapiñarles plata a sus enemigos. Pero la leche lamentablemente ya se ha derramado, y la reina se hace la distraída. Su fórmula para esos momentos de zozobra consiste en quitarle algo a alguien. Se entiende. Como el kirchnerismo no sabe generar confianza, no tiene idea de cómo venderle productos al mundo ni cómo crear riquezas genuinas para su pueblo, debe saquear la casa: a las empresas y a los ciudadanos. Que han tenido la mala idea de hacer méritos y desarrollarse en una patria donde progresar te convierte en blanco móvil y en la ubre de todos los curros.
Ossona estudia el conurbano de cerca y explica que a los terribles problemas históricos se han sumado una reforma policial mal pensada y una cuarentena suicida, concebida para una clase media estándar, pero con graves efectos colaterales para vastísimos sectores de la pobreza. Para arreglar un problema se crearon veinte más. Por caso, el cierre prolongado de las escuelas en segmentos bajos ha provocado que miles de chicos hayan ingresado en las patotas de la esquina, en la drogadicción y en el delito. El confinamiento colocó al borde de la desesperación violenta a millones de habitantes, que se cayeron varios escalones: en noviembre la pobreza alcanzará el 50%. Se multiplica el desempleo de la informalidad, y la cobertura social no alcanza a contener este vertiginoso estrago. A los comedores populares del bastión de la dama de Recoleta no llegan carne ni verdura suficientes para los guisos. Y muchísimas familias se encuentran desfondadas, con secuelas de toda clase, y hay vecinos enfrentados y al borde de la inanición y la locura. Ese interminable confinamiento también canceló los negocios de la buena y la mala policía. La primera perdió los extras para custodiar comercios y fábricas, y hacer dinero con el fútbol; la segunda, con las ferias ilegales, el juego clandestino, la prostitución callejera, los desarmaderos. Los uniformados han recibido desde arriba señales inequívocas de desprecio y han procesado el hecho cierto de que si hieren a un asaltante van presos, y que los delincuentes no solo ganan la libertad, sino que hasta gozan de cierta simpatía oficial; también que la toma de tierras es alentada por dirigentes del propio oficialismo. Visto desde esas atalayas de la carencia, el peronismo es una alianza de tribus: barones, camporistas, peronoides, movimientos sociales, piqueteros, barras, usurpadores. Cada uno con su librito y con su patrón en el Estado, y algunos muy cerca de agarrarse a tiros.
Esta es la situación degradada y combustible del territorio de Cristina Kirchner. La conductora que no conduce y que jamás baja al barro para que no se le manche la cartera ha consagrado la inoperancia, y lo ha hecho en un momento y en un lugar extremadamente delicados: la rebelión social acecha allí en cada minuto y en cada esquina. Y exige de un líder peronista no otra cosa que arremangarse e intentar apagar el fuego. Aquí no sirven los relatos ni las retóricas ni los golpes florentinos; se trata del mismísimo confín de la vida, en el más oscuro de los tiempos. El apagón policial fue apenas el primer capítulo del drama, y puso al desnudo la falta de solvencia del justicialismo y la insoportable levedad de su jefa. Zelig no puede mimetizarse con un holograma, que demás lo arrastra al fracaso y que mientras tanto planea cómo pasarlo a retiro. El peronismo troncal se encuentra en el mismo dilema que la protagonista de La rosa púrpura del Cairo, tentada a elegir entre la realidad y la fantasía: “Al final te ves forzado a elegir la realidad, que siempre decepciona –explica Woody Allen–. Porque lo contrario simplemente es la demencia”.
Jorge Fernández Díaz

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