El alma no sabe de derrotas y el festejo en las calles fue la muestra de eso
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Las derrotas también se festejan y no me vengan a decir que ser segundos es un fracaso. La Selección Argentina cayó con la frente en alto tras perder 1-0 en el alargue frente a España en la final del torneo y pesar del inmenso esfuerzo colectivo liderado por Lionel Messi y las memorables atajadas de Emiliano Martínez, un gol agónico de Ferran Torres en el minuto 106 de la prórroga inclinó la balanza a favor del seleccionado europeo.
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Salir a la calle ayer después del partido generó sensaciones extrañas. Es decir, si bien se sentía la tristeza de no haber ganado, también había motivos sobrados para salir una vez más a la calle a festejar. Y eso fue lo que pasó. ¿Pero cómo?, ¿por qué? Por agradecimiento, porque no solamente ayer que se murió de pie, dándolo todo, sino que durante todo el campeonato, e incluso durante los últimos años, estos jugadores nos regalaron muchas alegrías, y salir a las plazas, las calles y pintar el paisaje de celeste y blanco fue la forma en la que el pueblo argentino demostró su gratitud.
En Formosa la plaza San Martín volvió a ser el punto de encuentro, con menos gente que en la semifinal es verdad, pero con un espíritu de alegría y agradecimiento igual o mayor que hace un par de días atrás. Es que la gente sabe que en un deporte, donde no siempre gana el mejor, ayer sí fue el caso, pero también es consciente que se dejó el alma en la cancha, el orgullo no se regaló, la entrega no se negoció y esta vez nos tocó perder, pero poco importó, se cantó y bailó como si no hubiera pasado.
Orgullo de Oro
El fútbol, en su estado más puro y despiadado, suele resumirse en un frío marcador. Pero quienes llevamos la bandera grabada en el pecho sabemos que hay partidos que escapan a la lógica de los números.
La final del mundo disputada en el Estadio de Nueva York / Nueva Jersey no fue una derrota ordinaria; fue el testamento definitivo de un equipo que vació sus venas sobre el césped.
España se quedó con la copa con ese gol solitario en el tiempo suplementario, sí, pero la Albiceleste se marchó con lo único que nadie puede quitarle: la gloria intacta del que cae de pie, peleando hasta el último suspiro.
Es imposible sentir frustración cuando se repasa el camino de este plantel. Lo que estos jugadores hicieron a lo largo de las semanas previas fue una verdadera muestra de carácter, fútbol y resiliencia.
Desde batallas tácticas implacables hasta momentos de puro sufrimiento frente a rivales de todo el globo, el equipo demostró por qué es el orgullo de más de cuarenta y cinco millones de almas.
La épica victoria en semifinales contra Inglaterra por 2-1, dando vuelta el resultado con puro coraje, ya había dejado en claro que este grupo juega con la memoria de la patria en los botines.
En la gran final, las circunstancias resultaron adversas desde temprano. El dominio posicional de España exigió un despliegue defensivo monumental.
La temprana e injusta baja por lesión de Lisandro Martínez sumó dramatismo a una zaga que se convirtió en una trinchera inexpugnable durante los 90 minutos reglamentarios. Bajo los tres palos, Emiliano “Dibu” Martínez volvió a agigantar su figura mítica, firmando una noche de diez atajadas directas que sostuvieron el sueño de todo un país. Incluso cuando la tarjeta roja dejó al equipo con un hombre menos en el cierre del tiempo regular, la entrega jamás se negoció.
Cada pelota llovida, cada cruce de Cristian Romero y Nicolás Otamendi, y cada despliegue de Rodrigo De Paul y Alexis Mac Allister se sintió como una caricia al alma de la hinchada.
Gracias, Capitán; gracias, muchachos
Lionel Messi, nuestro eterno capitán, corrió y disputó cada balón con el hambre de un juvenil y la jerarquía que lo convirtió en leyenda. Verlo marchar con la cabeza arriba, cobijando a los más jóvenes como Giuliano Simeone o Nico Paz, transforma el dolor en una inmensa gratitud.
No hay nada que reprocharles, muchachos. Solo queda decirles gracias por habernos hecho abrazar frente al televisor, por haber desbordado Times Square con un banderazo histórico y por hacernos olvidar del caos cotidiano a través de una ilusión compartida.
Esta medalla de plata no brilla menos que el oro. Es el símbolo del sudor, del honor y del respeto internacional que esta camiseta recuperó y mantiene con orgullo absoluto. El fútbol siempre da revancha, y el ADN de este equipo garantiza que el futuro nos volverá a encontrar peleando en lo más alto. ¡Gracias por todo, Selección! ¡Qué orgullo tan inmenso es ser argentinos!.