No odiamos lo suficiente al algoritmo
:format(webp):quality(60)/https://diarioformosa.eleco.com.ar/media/2026/07/persona_enojada_con_celular.webp)
A más de una semana del final del mundial, el mayor recuerdo que ha quedado, y aún sigue circulando por algunas cuentas ha sido sin dudas la campaña de odio que se ha desatado contra la Argentina y sobre todo sobre su selección.
Recibí las noticias en tu email
Lo que ha demostrado esta sitaución, sin dudas es como en cuestión de horas, sociedades enteras, colectivos culturales y economías periféricas son arrastrados a juicios globales desproporcionados, alimentados por pruebas falsas, plataformas que premian la indignación y ejércitos de intermediarios que cosechan ganancias millonarias con el enojo ajeno. Luego de días sumamente angustiantes, de idas y vueltas en las distintas redes sociales, y que han incluso registrado ataques reales a personas en distintos lugares del mundo, surge una verdad incómoda que evitamos pronunciar: no odiamos lo suficiente al algoritmo.
No al código neutral de programación que emula operaciones matemáticas, sino a la criatura corporativa y extractiva en la que mutó: un monstruo algorítmico diseñado para secuestrar la atención humana mediante la maximización de la bronca, el miedo y el resentimiento. Mientras el ciudadano de a pie discute polarizaciones superficiales, el nuevo orden digital opera bajo una premisa implacable: el odio es rentable, la moderación empobrece y la verdad objetiva es una pérdida de tiempo.
La fábrica masiva de Fake News y la mercantilización del delirio
La mentira en internet ya no es un error periodístico ni una travesura marginal; es un modelo de negocio altamente sofisticado. Las noticias falsas (fake news) y los contenidos sintéticos generados por Inteligencia Artificial no circulan por accidente, sino porque superan exponencialmente en rendimiento viral a los hechos contrastados. Un titular apocalíptico, un video manipulado con IA o una difamación grotesca activan en el cerebro humano los mismos resortes primitivos de supervivencia que alertaban sobre una amenaza física.
El algoritmo, perfectamente consciente de esta vulnerabilidad biológica, amplifica la infamia. En este ecosistema, la mentira no busca ser creída a perpetuidad, sino generar el impacto emocional suficiente para provocar el clic, el comentario indignado y el reenvío. Cada segundo de atención capturado se traduce en métricas de publicidad programática. Nos han convertido en los jornaleros gratuitos de una maquinaria que procesa nuestra rabia para transformarla en dividendos financieros de corporaciones tecnológicas globales.
El Negocio del Desprecio: Influencers y Apuestas Los datos económicos revelan la obscenidad del modelo: mientras el tejido productivo tradicional agoniza, los nuevos señores feudales de la atención —influencers de dudosa catadura moral— acumulan ganancias millonarias promocionando estafas financieras, criptoactivos vacíos y, de manera alarmante, casas de apuestas online. Estas últimas, integradas orgánicamente en los feeds mediante algoritmos de ludopatía algorítmica, operan como un impuesto silencioso a la desesperanza de las nuevas generaciones.
El espejo retrovisor de la historia: Viejas estrategias, nuevas herramientas
Creer que esta manipulación masiva es un invento del siglo XXI es ignorar las lecciones más oscuras de la geopolítica y el colonialismo cultural. A lo largo de la historia, los intereses foráneos y las potencias hegemónicas perfeccionaron el arte de degradar simbólicamente a las naciones periféricas para justificar su dominación económica y política.
Memorable resulta el paralelismo con aquellas campañas sistemáticas de los imperios coloniales —como los segmentos dedicados en ciertos diarios británicos del siglo XIX y principios del XX a difundir sistemáticamente noticias falsas, caricaturas denigrantes y bajezas sobre la Argentina y sus gobiernos con el fin de condicionar mercados, devaluar bonos o desmoralizar a su población—. Las estrategias de antaño eran idénticas en su arquitectura psicológica: polarizar a la sociedad, inventar enemigos internos y externos, deshumanizar al adversario y erosionar la autoestima colectiva mediante la mentira repetida hasta el hartazgo.
La diferencia fundamental entre aquel corresponsal británico escribiendo con pluma y tintero en Londres y el servidor de una gran tecnológica en Silicon Valley no radica en el objetivo sino en la escala, la velocidad y la automatización.
Hoy, la inteligencia artificial generativa ha democratizado el sabotaje cognitivo. Ya no se requiere un aparato estatal o una red de espionaje compleja para socavar la estabilidad institucional o destruir la reputación de una persona o un país entero. Bastan unas pocas líneas de instrucciones, granjas de bots automatizados y algoritmos de recomendación hiperenfocados para inocular narrativas falsas en el torrente sanguíneo digital de una sociedad en cuestión de minutos.
El algoritmo no juzga éticamente lo que distribuye; su único imperativo categórico es la retención. Si para retenernos frente a la pantalla debe destruir el pacto social, fragmentar la convivencia democrática y convertir la esfera pública en un chiquero de insultos y operaciones de prensa, lo hará con una eficiencia matemática impecable.
Hemos delegado la gestión de nuestra curiosidad, de nuestro debate público y de nuestra memoria colectiva a máquinas cuyos dueños desprecian profundamente la soberanía de los pueblos. Continuar interactuando bajo las reglas de juego impuestas por estas plataformas sin desarrollar anticuerpos críticos, sin regular el saqueo financiero de las apuestas online y sin desmantelar el incentivo económico de la mentira es una forma suicida de docilidad.
Por eso, frente al desánimo inducido y la mercantilización de nuestra bronca, la consigna política e intelectual de nuestro tiempo debe ser clara, urgente e intransigente: no odiamos lo suficiente al algoritmo, ¿qué hacemos para no permitir que siga dirigiendo nuestros intereses y nuestras vidas?