PAIPPA: 30 años de una política que echó raíces
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Hay historias que empiezan con un decreto. Y hay historias que, para entenderlas, hay que ir mucho más atrás: a la tierra, a las familias que la trabajan, a las distancias, a las cosechas que dependen del clima y a esa pregunta sencilla pero decisiva que atraviesa cualquier comunidad rural: ¿cómo hacer para vivir de lo que se produce sin tener que abandonar el lugar donde se nació?
En Formosa, una respuesta comenzó a construirse hace 30 años. Fue el 15 de septiembre de 1996, en General Belgrano. Allí el gobernador Gildo Insfrán puso en marcha el Programa de Asistencia Integral para el Pequeño Productor Agropecuario, conocido desde entonces por sus siglas: PAIPPA.
De aquella primera escena en General Belgrano, en septiembre de 1996, a las chacras, ferias y mercados de hoy. Tres décadas después, la historia del PAIPPA puede leerse como la historia de una política pública que hizo del pequeño productor y su familia el centro de una estrategia de arraigo y desarrollo.
El Decreto Nº 1107/96 formalizó una decisión que buscaba acompañar al pequeño productor y a su familia en un escenario particularmente difícil. Pero detrás de aquella denominación administrativa había una idea bastante más amplia: que la producción no podía separarse de la vida de quienes producían.
Por eso el PAIPPA nació con una palabra que terminaría siendo fundamental: integral.
No alcanzaba con pensar en una semilla si la familia no tenía condiciones para permanecer en su chacra. No alcanzaba con producir si después no había dónde vender. No alcanzaba con mejorar una cosecha si las nuevas generaciones no encontraban oportunidades para continuar estudiando y proyectándose.
La historia del PAIPPA se fue construyendo alrededor de esas premisas.
Una política que empezó mirando a la familia
En aquellos primeros años, el desafío era acompañar a pequeños productores que desarrollaban buena parte de su actividad con mano de obra familiar. La chacra no era solamente el lugar de trabajo. Era también la casa, el espacio donde crecían los hijos, donde se transmitían conocimientos y donde se organizaba la vida cotidiana. Esa particularidad llevó a que el concepto de asistencia integral incluyera dimensiones que excedían la producción.
La tierra, la vivienda, la salud y la educación comenzaron a formar parte de una misma mirada. La política habitacional rural adquirió entonces un significado especial. La idea no era trasladar a las familias hacia los centros urbanos, sino generar mejores condiciones para que pudieran permanecer allí donde desarrollaban su actividad productiva.
Una vivienda construida en la propia chacra podía ser, al mismo tiempo, una respuesta habitacional y una herramienta de arraigo. Y el arraigo, en esta historia, nunca fue entendido solamente como permanecer físicamente en un lugar.
Arraigarse también significa tener posibilidades: de producir, de vender, de mejorar, de estudiar, de acceder a servicios, de organizarse, de imaginar un futuro.
La chacra como
punto de partida
Con el paso de los años, el PAIPPA fue extendiendo su presencia territorial. La asistencia técnica comenzó a acompañar distintas producciones. Hortalizas, frutas, cultivos, animales de granja, ganado, miel y otras actividades fueron formando parte de una producción familiar que nunca fue homogénea. Formosa tiene regiones diferentes, suelos diferentes, climas diferentes y comunidades con historias productivas propias. Por eso tampoco podía existir una única receta.
La política del Gobierno provincial fue incorporando herramientas para acompañar esa diversidad. En algunos lugares, la prioridad estuvo puesta en la horticultura. En otros, en la ganadería. En otros, en la producción frutícola, la apicultura, la granja o las actividades vinculadas con el agregado de valor. La asistencia dejó de ser entonces una acción puntual. Se convirtió en acompañamiento. Y acompañar supone estar antes, durante y después de la producción.
Cuando la cosecha salió de la chacra
Durante mucho tiempo, uno de los principales problemas de la agricultura familiar no terminaba cuando se cosechaba. Empezaba otro. Había que vender. La producción podía estar lista, pero todavía faltaba resolver cómo llegaría al consumidor y cuánto de ese esfuerzo quedaría finalmente en manos de la familia productora. En 2002 aparecieron las Ferias Francas y la escena comenzó a cambiar.
Los productores llegaban con sus productos y los consumidores podían encontrarlos directamente, sin la cadena de intermediarios que tradicionalmente separaba al campo de la ciudad. Verduras, frutas, huevos, miel, dulces, panificados, harinas, quesos y otros productos comenzaron a ocupar un espacio diferente: ya no solamente como mercancías, sino también como parte visible de una producción que tenía nombre y procedencia.
La feria fue convirtiéndose en un punto de encuentro. Para quien compraba, significaba saber de dónde venía una parte de los alimentos que llegaban a su mesa. Para quien producía, significaba encontrar un canal de comercialización y, al mismo tiempo, entrar en contacto directo con el consumidor. La relación era sencilla: quien produce, vende; quien consume, compra. Pero sus consecuencias podían ser mucho más profundas.
La producción empieza
a tener rostro
Algo ocurre cuando una persona compra directamente a quien produjo. La producción deja de ser anónima. Detrás de una bolsa de verduras aparece una familia. Detrás de un frasco de miel, una actividad. Detrás de un queso, un proceso. Detrás de una fruta, una temporada entera de trabajo. Las Ferias PAIPPA fueron haciendo visible esa dimensión. Y también obligaron al productor a mirar de otra manera aquello que producía. ¿Qué busca el consumidor? ¿Qué calidad espera? ¿Qué cantidad puede llevarse? ¿Cómo presentar el producto? ¿Cómo conservarlo? ¿Cómo mejorar su precio?
La comercialización comenzó a convertirse en una parte inseparable de la producción. El camino ya no terminaba en la chacra. Había que pensar en el mercado. Y el siguiente paso: agregar valor. Así apareció otro desafío: no vender solamente lo que sale de la tierra o del campo, sino también transformarlo.
La fruta puede convertirse en dulce. La leche puede convertirse en queso. La miel puede fraccionarse. Los granos pueden transformarse en harina. La producción primaria puede convertirse en un alimento elaborado. El agregado de valor permite ampliar el circuito económico y retener una parte mayor de ese proceso dentro del territorio. Y allí vuelve a aparecer la idea original. Porque producir, para el PAIPPA, nunca fue solamente producir. La pregunta siempre fue qué condiciones permiten que esa producción se convierta en una forma sostenible de vida para la familia.
La nueva ruralidad
La agricultura familiar de hoy convive con desafíos que hace tres décadas no tenían la misma dimensión. La tecnología ocupa un lugar cada vez mayor. La información se volvió una herramienta productiva. Los mercados exigen mayor planificación. Los consumidores demandan nuevos productos y formas de comercialización.
La producción también necesita ser registrada, analizada y planificada. En ese proceso, el PAIPPA incorporó herramientas digitales para conocer con mayor precisión quiénes producen, qué producen y cuáles son las necesidades de las distintas unidades productivas. Es un cambio significativo. El mismo Estado que comenzó acompañando la producción desde el territorio incorpora ahora herramientas para construir información sobre ese territorio. La tecnología se suma así a una política cuya característica histórica fue, precisamente, la presencia territorial.
Una historia que se transmite
Hay una última dimensión que atraviesa estas tres décadas. El tiempo.
Treinta años alcanzan para que una generación de productores vea crecer a sus hijos, para que aquellos niños conozcan otra realidad rural y para que algunos de ellos regresen a la chacra con nuevos conocimientos. La continuidad de la producción familiar depende también de ese recambio. No se trata simplemente de que los hijos sigan haciendo exactamente lo que hicieron sus padres. Puede significar estudiar una carrera, incorporar tecnología, desarrollar un emprendimiento, transformar una producción o encontrar una nueva manera de comercializar. El arraigo no consiste en quedarse inmóvil. Al contrario. Arraigarse también es poder cambiar sin tener que irse.
En septiembre de 1996, el PAIPPA comenzaba a escribir una historia que, con el paso de las décadas, fue incorporando nuevas páginas: La historia de las viviendas rurales. La historia de las primeras asistencias. La historia de los técnicos recorriendo caminos. La historia de las ferias. La historia de las cosechas. La historia de los remates ganaderos. La historia de las familias. La historia de quienes aprendieron a transformar su producción. Y también la historia de quienes encontraron una oportunidad para permanecer.
Treinta años después de aquel comienzo, el PAIPPA conserva una idea central: el pequeño productor no debe ser pensado únicamente desde el tamaño de su explotación. Su verdadero valor está también en su capacidad de trabajo, en los conocimientos acumulados, en la familia que sostiene la actividad, en la comunidad que integra y en el territorio que habita.
Desde esa perspectiva, la historia del PAIPPA puede leerse como un recorrido que fue desde la asistencia hacia la organización, desde la producción hacia la comercialización y desde la atención de necesidades inmediatas hacia una concepción más amplia del desarrollo rural. Hoy, 30 años después, el PAIPPA puede mirarse desde muchos lugares: desde la política pública, la economía, la producción, el territorio, las familias. Pero quizás exista una forma sencilla de resumir todo ese recorrido. Volver a aquella pregunta del comienzo: ¿Cómo hacer para que una familia pueda vivir de lo que produce y construir su futuro en el lugar que eligió para vivir? Tres décadas después, la respuesta sigue escribiéndose en cada chacra. Y quizás esa sea la mejor manera de contar los 30 años del PAIPPA: no como una historia terminada, sino como una historia que todavía está en producción.
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PAIPPA: De la chacra a la mesa
La historia del PAIPPA también puede leerse en el recorrido que hace un alimento desde una chacra formoseña hasta la mesa de una familia. Allí aparece una articulación con otras políticas provinciales que fue tomando forma con el paso de los años y que permite mirar al pequeño productor no solamente como destinatario de asistencia, sino como parte de una cadena productiva y alimentaria.
En ese entramado, el PAIPPA ocupa el lugar de acompañar y fortalecer la producción. Asistencia técnica, insumos, capacitación, organización de los productores y búsqueda de canales de comercialización forman parte de una política que intenta que el trabajo realizado en la chacra pueda convertirse también en una fuente de ingresos y en una herramienta de arraigo.
Uno de los destinos de esa producción es el Plan Provincial Alimentario Nutrir. Desde su implementación, los productores paipperos organizados comenzaron a participar como proveedores de alimentos para este programa, generando una articulación en la que la producción de las chacras se incorpora al sistema de asistencia alimentaria provincial.
La relación no termina allí. Otra vía es el Programa Soberanía Alimentaria Formoseña, que genera espacios para que alimentos producidos en la provincia lleguen a los consumidores a través de distintos puntos de comercialización. En ese circuito, los productores paipperos tienen una participación sostenida, tanto en productos frescos como en carnes y otros alimentos. Así, tres políticas con objetivos propios terminan encontrándose en un mismo recorrido: producir, abastecer y comercializar.
La lógica permite que una parte de lo que se produce en las chacras tenga un destino concreto dentro de la propia provincia. Para el productor, significa contar con canales donde colocar su trabajo; para el Estado, fortalecer la producción local y el abastecimiento; y para las familias formoseñas, acceder a alimentos de origen provincial.
En ese sentido, la evolución del PAIPPA no se explica solamente por la asistencia que brinda en el territorio. También por la construcción de una red en la que producción, organización, comercialización y políticas alimentarias comienzan a formar parte de una misma trama. Tres décadas después de aquel comienzo, el desafío ya no pasa únicamente por lograr que el pequeño productor permanezca en su tierra. También por generar las condiciones para que aquello que produce pueda recorrer un camino propio: de la chacra a los programas alimentarios, de los programas a los espacios de comercialización y, finalmente, de esos espacios a la mesa de los formoseños.