Triana Rei-Kraitz: La profesora argentina elegida dos veces Global Teacher of the Year en Estados Unidos
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Dejó su propia escuela de danzas y su trabajo fijo en Argentina para apostar por una nueva vida en Estados Unidos. Tras superar la barrera cultural y los desafíos del idioma, hoy acumula premios internacionales, becas y reconocimientos que la ubican entre lo mejor de la enseñanza global.
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—Triana, para quienes todavía no te conocen, ¿podrías presentarte y contarnos brevemente quién sos, de dónde venís y cómo comenzó tu camino como docente de inglés?
—Soy de Colón, Entre Ríos, y mi camino en la docencia comenzó mucho antes de convertirme formalmente en profesora de inglés. A los 16 años me recibí de profesora de danzas y empecé a enseñar estilos urbanos, bellydance y ritmos caribeños. Aunque llevo 15 años en la educación formal, desde que comencé a enseñar inglés a los 21, mi vocación docente nació hace dos décadas, y fue el baile el que me abrió las puertas a esta profesión.
Recuerdo especialmente mis primeros pasos en la enseñanza del inglés. Después de trabajar junto a mi mamá en la Fiesta Nacional de la Colonización, me enteré de unos talleres rurales organizados por el municipio y decidí presentar mi currículum. Ya estudiaba el profesorado, había aprendido inglés desde los 6 años y contaba con el certificado First. En un contexto económico complejo para el Estado, donde las escuelas alejadas no tenían mucha variedad de materias especiales, mi perfil encajó justo. Así llegó mi primera oportunidad de acercar el idioma a niños de escuelas rurales que, por las distancias y las limitaciones de recursos, tenían pocas posibilidades de acceder a estas propuestas.
Comencé en la Escuela “Pasito de las Piedras” y luego continué en la “Francisco Narciso Laprida” y la Escuela N° 6 “Martín Rodríguez Peña”. Más adelante, llegué a la Escuela N° 12 “Juan Bautista Alberdi”, pionera en los talleres que después se conocerían como escuelas NINA o de jornada extendida, donde trabajé durante ocho años.
En paralelo, seguía dando clases de danza en los barrios, colaborando en eventos comunitarios y transitando todos los espacios posibles. Mi recorrido también incluyó escuelas especiales, nocturnas para jóvenes y adultos, talleres de danza en los barrios y jornadas en las que llegaba a recorrer hasta cinco instituciones. Con el tiempo, trabajé en la Escuela N° 5 “Nicolás Rodríguez Peña” y finalmente me establecí en la emblemática Escuela Normal. A estas experiencias se sumaron el instituto English Lab de Colón, las clases online para empresas y la creación de mi propia escuela, Shimmy Danzas, uno de mis grandes orgullos.
Hoy, al mirar hacia atrás, valoro cada experiencia, desde las pequeñas escuelas rurales hasta las instituciones más grandes. Cada alumno, cada clase de inglés y cada paso de baile contribuyeron a formar a la docente que soy. Porque, después de tantos años, sigo convencida de que enseñar es mucho más que transmitir conocimientos: es abrir oportunidades, acompañar sueños y transformar realidades.
—En 2023 dejaste Entre Ríos para comenzar una experiencia profesional en Estados Unidos. ¿Qué significó para vos dar ese paso y cuáles fueron los aprendizajes o desafíos más importantes que encontraste al trabajar en un sistema educativo y una cultura diferentes?
—Primero debo decir que siempre estuve muy segura de lo que quería: tener la oportunidad de crecer profesionalmente y viajar, algo que no me había podido permitir hasta el momento. Mi primer gran desafío fue dejar todo lo que me había costado construir -una escuela de danzas con casi 100 alumnos y mi trabajo formal en las escuelas- cuando me estaba yendo bien. Pero esta oportunidad se dio de un día para el otro, así que me arriesgué. Mi vida siempre se basó en tomar riesgos y en aprender de cada elección.
Esta experiencia me cambió la vida, literalmente. Llegué a trabajar a un sistema público que se ve totalmente diferente al nuestro. Recuerdo el primer día, en pleno verano, y la escuela tenía aire acondicionado; yo pensaba: “¿What?”. Jamás había estado en escuelas privadas en mi país, por ende mi única referencia era nuestra escuela pública argentina, la cual valoro y amo profundamente, aunque sabemos que allí nuestros compañeros necesitan mucha más ayuda del Estado.
Aquí, en cambio, la educación se evalúa fuertemente en base a exámenes estandarizados anuales de matemáticas, ciencias y artes del lenguaje (English Language Arts), y obviamente se cuenta con una infraestructura y recursos económicos muy distintos. Ingresamos a la escuela a las 7:30 y nos vamos a las 16:00. En mi caso, empecé dando español a escuela media -de 6.° a 8.° grado- y además de kínder a 5.° grado, lo que significaba tener alrededor de 600 alumnos a la semana.
El primer año fue difícil. El comportamiento de los alumnos, el manejo de las clases y las rutinas son muy diferentes, pero al final del día son niños: solo necesitaba aprender y adaptarme a su cultura. Hasta las cosas más cotidianas, como ir al supermercado y tener que usar las cajas automáticas, me agotaban. Pero siempre tuve en claro mi deseo.
Por suerte, en el camino encontré grandes sostenes. La escuela, Martin Millennium Academy, fue un pilar fundamental, y figuras como Mrs. Craddock, nuestra coordinadora global, demostraron ser mujeres increíbles y un soporte enorme. Hubo muchísimos desafíos, pero tuve la suerte de caer en el lugar indicado.
—Durante estos años recibiste importantes reconocimientos por tu trabajo docente. Mirando hacia atrás, ¿qué experiencias, proyectos o momentos sentís que marcaron especialmente tu crecimiento profesional y qué te gustaría llevar de todo este recorrido a otros docentes argentinos?
—Primero quiero destacar que aquí se reconoce nuestro trabajo con mínimos detalles que te cambian el ánimo: una semana entera dedicada a darnos atenciones a los docentes -desde desayunos y obsequios hasta reconocimientos públicos. A veces podemos tener la vara baja en el día a día, pero esos pequeños gestos nos levantan un montón.
Con respecto a mis logros profesionales, he tenido el honor de ser elegida como Global Teacher of the Year en dos oportunidades, además de ser reconocida por el condado de Edgecombe como empleada del mes. La escuela también me capacitó en Cambridge Global Perspectives, lo que me habilitó para trabajar en un programa internacional muy prestigioso. Tuve la oportunidad de viajar a Las Vegas para un foro de disciplina consciente, algo que me formó en el manejo de clases.
También fui parte de America250, para representar la historia de Carolina del Norte; y participé en el STEP Twin Counties Teachers at Work, una pasantía que vincula a docentes con empresas y escuelas. Como conferencista, he presentado ponencias en el congreso nacional de ciencias sociales (NCSS), en CaRabe, y este próximo octubre presentaré en FLANC.
A lo largo de este tiempo conseguí becas para financiar viajes de estudio con mis alumnos a puntos históricos de Carolina del Norte; participé con grupos de baile representando la cultura argentina en varios festivales del país; y tuve el privilegio de formar parte de los festivales Pow Wow, de la historia nativa americana de EE. UU. Uno de mis mayores logros personales en paralelo fue, sin duda, terminar mi máster en educación bilingüe (Bilingual Education).
Y fuera del aula formal, sigo conectada con lo mío: soy voluntaria en un centro de mi pueblo, Tarboro, donde doy clases de baile gratuitas a los niños, ya que mi comunidad es de bajos recursos en su mayoría.
En resumen, aquí hay una infinidad de oportunidades, becas, carreras y patrocinios; solo hay que buscarlas, pero exigen informarse, leer e investigar. Hay que tener en cuenta que es una experiencia diferente te cambia totalmente la perspectiva de ver la vida y de encarar la carrera docente.