ESTRENO TEATRAL
Una criatura para estos tiempos: llega Frankenstein Caído
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Después de El Fortín de los Caranchos no había demasiados caminos posibles: repetirse o romperse otra vez. Tincho Iza y Carlos Leyes eligieron la segunda opción. Y quizá por eso Frankenstein Caído aparece hoy como una de las apuestas teatrales más ambiciosas que haya dado la escena formoseña en los últimos años. No sólo por el despliegue técnico o por la dimensión de la producción, sino porque detrás del clásico de Mary Shelley late una pregunta incómoda y profundamente contemporánea: ¿qué hacemos con aquello que creamos y luego decidimos abandonar?
La obra se estrena el sábado 9 de mayo en el Teatro de la Ciudad, a las 21 horas y llega precedida por una expectativa poco habitual para el circuito local. El fenómeno generado por la adaptación “fortinera” de Macbeth convirtió a la dupla Iza-Leyes en uno de los motores más inquietos del teatro regional. Pero lejos de quedarse en la fórmula del éxito, ahora avanzan hacia un territorio más oscuro, físico y existencial. Las entradas anticipadas se pueden adquirir vía online www.quieroyaeventos.ar o personalmente en el local de Hook (avenida 25 de mayo 383).
Aquí no hay castillos góticos ni nostalgia por el cine clásico de terror. Frankenstein Caído trabaja desde otro lugar: el cuerpo vivo, la respiración compartida y la tensión emocional que sólo puede sostener el teatro cuando el artificio desaparece y queda el actor frente al espectador. “Quisimos devolverle a Frankenstein su peso humano. En el teatro, el monstruo es una construcción de cuerpos y respiración”, explica Tincho Iza, director y co-dramaturgo de la puesta. La frase funciona casi como una declaración estética. Porque en esta versión el horror no proviene del maquillaje ni del efecto visual, sino de algo mucho más reconocible: la soledad, el rechazo y la irresponsabilidad del creador frente a su propia obra.
El monstruo somos nosotros
En tiempos atravesados por inteligencias artificiales, algoritmos y tecnologías capaces de producir imágenes, voces y hasta emociones artificiales, la obra encuentra una resonancia inevitable con el presente. El Víctor Frankenstein que interpreta Lucas Ramírez ya no es sólo el científico obsesionado del siglo XIX. Se parece más a cualquier creador contemporáneo -un empresario tecnológico, un programador, un genetista- que avanza sobre sus posibilidades sin detenerse demasiado a pensar las consecuencias humanas. “Víctor ya no es solo un científico del siglo XIX; es el símbolo de cualquier creador que no mide consecuencias”, dice Ramírez. Y allí aparece uno de los grandes hallazgos de la puesta: la posibilidad de leer el mito desde la ansiedad tecnológica de 2026 sin perder la esencia trágica del relato original.
La criatura, encarnada por Carlos Leyes, se transforma en algo más que un monstruo. Es el resultado del abandono. Una existencia creada para ser negada. Un cuerpo condenado a buscar afecto en un mundo que primero lo fabrica y después lo expulsa. Para construir ese recorrido, Leyes atravesó un año completo de preparación física y vocal. El personaje evoluciona desde el balbuceo primitivo hasta una lucidez amarga y casi filosófica. “Es uno de los trabajos más ricos que me tocó desarrollar; trabajamos las transiciones desde no saber hablar hasta ser un erudito”, cuenta el actor. El desafío no era sólo interpretar a la criatura, sino volverla humana sin domesticar su dolor.
En medio de esa tensión aparece Elizabeth, interpretada por Mariana Capra, como un punto de equilibrio emocional dentro del caos. Su personaje funciona como refugio, pero también como recordatorio de que incluso en los universos más oscuros sigue existiendo una posibilidad de empatía.
Un teatro que apuesta a lo grande
La dimensión de Frankenstein Caído también se percibe en el trabajo técnico y visual que sostiene la puesta. La producción de Stampa Productora y Leyenda Contenidos Culturales armó un equipo que apuesta a una experiencia sensorial completa: el diseño sonoro envolvente de Alejandro Bogado, la iluminación de Omar Giménez, la escenografía de Cristian Vega y Patricia Velázquez y el universo visual desarrollado por Laura Borrini y Mauricio Bareiro construyen una atmósfera donde lo industrial, lo humano y lo monstruoso conviven en permanente tensión.
El vestuario de Florencia Leyes acompaña esa lógica con una estética que evita la referencia clásica para instalarse en un tiempo ambiguo, casi posthumano. Nada parece pertenecer del todo al siglo XIX ni tampoco al futuro. Y justamente ahí radica parte de la potencia de la obra: Frankenstein Caído sucede en todos los tiempos posibles porque habla de algo que no deja de repetirse.
La puesta también confirma algo que viene ocurriendo silenciosamente en la escena cultural formoseña: el teatro local dejó de pensar en pequeño. Ya no se trata solamente de producir obras “para la provincia”, sino de construir lenguajes propios capaces de dialogar con discusiones universales sin perder identidad territorial.
Lo que propone Iza no es una adaptación escolar del clásico de Shelley. Es una relectura visceral donde el mito sirve para hablar del presente, del miedo al otro, de la soledad contemporánea y de una sociedad que consume vínculos descartables con la misma velocidad con la que produce tecnología.
Volver a mirarnos
En un contexto cultural atravesado por la fragmentación, las pantallas y el aislamiento, Frankenstein Caído también funciona como reivindicación del teatro como ceremonia colectiva. El espectador no asiste únicamente a una historia: participa de una experiencia física y emocional compartida con otros cuerpos presentes. Ahí aparece quizás la dimensión más política de la obra. Frente a un tiempo donde casi todo puede reproducirse digitalmente, el teatro insiste en algo irreemplazable: la fragilidad del aquí y ahora.
Y acaso por eso el monstruo de Frankenstein sigue vivo dos siglos después. Porque continúa preguntándonos qué hacemos con aquello que no queremos mirar. Qué parte de nuestra propia monstruosidad decidimos esconder. Y cuánto dolor puede producir el abandono cuando quien abandona es, justamente, el creador.